
Terminaba
el verano y dos amigos animaron al jovencísimo Martí a participar como
guitarrista en un conjunto de música que iban a crear. Tras ensayar unos meses
con la guitarra clásica que tocaba desde los seis años, cuando se acercaba su
cumpleaños pidió a sus padres una guitarra eléctrica con un amplificador
potente. Un mes después, Jordi, Arnau, Pol y Martí dieron su primer concierto
público en la carpa de su pueblo, con versiones de las bandas que no se cansan
de escuchar una y otra vez. A los adolescentes les encanta la música. La tocan,
pero sobre todo la escuchan, la bailan, hablan de ella, se intercambian títulos,
conocen a los intérpretes y se identifican con ellos y con lo que representan.
Incluso se califican los unos a los otros según sus preferencias musicales,
hasta el punto de que los conjuntos que el otro escucha es algo que se tiene en
cuenta antes de quedar con esa persona.
La música,
como cualquier estímulo externo, desencadena respuestas cerebrales que pueden
llegar a ser intensas o euforizantes; a veces, la sensación de una pieza
musical se describe como “un escalofrío en la espalda” y se repite
cada vez que se escucha. En el año 2001, Anne Blood y Robert Zatorre, del
Instituto Neurológico de Montreal, publicaron un estudio que demostraba la
coincidencia entre las áreas cerebrales involucradas en dicha respuesta y las
áreas que también regulan la respuesta a otros estímulos euforizantes como la
comida, las relaciones sexuales o algunas drogas: la música se relaciona con
los estímulos biológicamente relevantes y vinculados con la supervivencia a
través de los circuitos de recompensa y placer. Por tanto, no nos debe
sorprender que todos, no sólo los adolescentes, utilicemos la música por sus
efectos beneficiosos sobre las emociones. Suvi Saarikallio y Jaako Erkkilä, de
la universidad finlandesa de Jiväskylä, definieron distintas maneras de
utilizar la influencia de la música sobre el humor: entretenimiento y compañía,
como revitalizador matutino y calmante nocturno, para despertar sensaciones
fuertes, como distracción de pensamientos desagradables o contrarrestar
emociones negativas, para estimular el trabajo mental, explorar el pasado o
recordar y para compartir.
El
Centro de Investigación sobre el Desarrollo de los Adolescentes de la
Universidad de Utrech (Holanda), se ha dedicado a estudiar el papel de las
preferencias musicales en la formación de las amistades. Un grupo de psicólogos
observó a 283 adolescentes de entre 12 y 14 años, y concluyó que coincidir en
las preferencias musicales es un elemento esencial para forjar una amistad,
especialmente entre aquellos a quienes les gusta el rock (rock ´n´ roll, punk,
gótico y heavy metal), el estilo elite (clásica, jazz y gospel) y el urbano (rap,
hip-hop, R&R y reggae). Por el contrario, entre los seguidores del pop y
dance, la música no parece tener tanta importancia.
Peter
Rentfrow y Samuel Gosling, del departamento de Psicología de la Universidad de
Texas, obtuvieron datos de 3.500 norteamericanos, determinaron las preferencias
musicales y cómo se asocian a los cinco grandes factores de la personalidad. Así,
por ejemplo, el gusto por el rock o el jazz se relaciona con estar abierto a
experimentar, el gusto por al música pop y el country se asocia a extroversión,
complacencia y concienciación. A partir de estos conocimientos, investigadores
de la Escuela de Psicología de la Universidad de Keele (Reino Unido),
demostraron de manera empírica cómo es posible valerse de la música para
lograr precisamente el efecto contrario: reducir la discriminación dentro del
grupo o aumentar el acercamiento entre pandillas rivales.
Se ha
escrito mucho sobre los efectos beneficiosos de la música. La música enriquece
la vida del adolescente tanto de manera inmediata como a largo plazo: estimula
la creatividad, favorece la expresión de sí mismo, contribuye a transmitir
valores culturales y mejora el desarrollo físico, intelectual y social. Sin
embargo, además de escuchar música es posible hacerla. Aprender a tocar un
instrumento y formar parte de un conjunto o de un coro promueve la
autodisciplina, el trabajo en grupo y las habilidades sociales. En 1996, psicólogos
de la Universidad de Carolina del Norte siguieron a 392 adolescentes entre los
cursos equivalentes a ESO y bachillerato. Observaron que la tasa de abandono escolar entre estudiantes
de riesgo era claramente inferior en alumnos que anteriormente habían
participado en actividades extraescolares de música, en comparación con
quienes no habían participado.
El otro
lado de la balanza son los efectos nocivos de la música, especialmente entre
los adolescentes, por el hecho de encontrarse en una etapa de formación. Habría
que citar dos cuestiones distintas: los problemas de audición y los efectos
nocivos de alguna música sobre la conducta. Con la popularización de los
reproductores de mp3, la exposición a niveles de sonido elevados ha aumentado
de manera espectacular. Además, a diferencia de la música analógica, la
tecnología digital permite alcanzar un volumen alto sin distorsionar el sonido
y muchos adolescentes escucha música con los auriculares a todo volumen, lo que
acarrea un riesgo real de pérdida progresiva de la audición. Lo malo es que a
pesar de ser un hecho conocido por los adolescentes, algunos estudios demuestran
que desafían este riesgo porque no creen que ellos sean especialmente
vulnerables (aunque sí consideran que sus compañeros lo son). Por otro lado,
una parte de los estudios de este campo tratan de determinar la relación de algún
tipo de música con conductas violentas o de riesgo. Se ha observado una
asociación entre los adolescentes involucrados en actividades de riesgo (entiéndase,
por ejemplo, el consumo de alcohol o conducción temeraria) que dicen buscar
emociones fuertes y escuchar hard rock y heavy metal para experimentar
sensaciones intensas.
En la
Escuela de Investigación en Comunicación en Leuven (Bélgica), se llevó a
cabo una encuesta a 2.194 adolescentes sobre la percepción del riesgo de
conducir rápido y consumir alcohol. Quienes veían más noticias tendían a
percibir un riesgo mayor que los participantes que veían más vídeos
musicales, de modo que quienes veían vídeos corrían más y bebían alcohol.
Además, el contenido de las letras y algunos ritmos también se han asociado
con conductas violentas o marginales. Sin embargo, hay que tener en cuenta que
en este tipo de conducta influyen muchas variables y que, por ejemplo, en España,
no siempre se entiende el contenido de las letras.
En
definitiva, la música forma parte de la vida de los adolescentes, los efectos
beneficiosos sobre el desarrollo de su personalidad son inmensos. Vale la pena
potenciar la gran accesibilidad a los reproductores de música digital, sin
olvidarse de cultivar el gusto por la música en directo, para desarrollar el
sentido estético del adolescente, ejercitar el sentido del oído y potenciar el
proceso de exploración del mundo musical hasta descubrir los ritmos y las
letras que constituirán la banda sonora de su vida.
CURIOSIDADES
–
El
mosquito Beethoven.-
Con la edad varía la gama de sonidos que somos capaces de oír. Los jóvenes
pueden percibir zumbidos con una frecuencia de hasta 20 kHz, mientras que a
partir de los 30 años, la frecuencia perceptible llega sólo hasta los 10 ó 12
kHz. Esta diferencia fisiológica se está utilizando en algunos barrios de
Francia, Bélgica y Holanda para ahuyentar a los jóvenes y evitar que se reúnan
en esquinas. Un altavoz llamado Mosquito o Beethoven emite un zumbido de alta
frecuencia que resulta molesto para los jóvenes, pero que los adultos ni
perciben. Otra cuestión es si es ético...
Música en las
favelas.-
Fernando Trueba ganó un Goya al mejor documental por “El milagro de
Candeal. Bebo Valdés visita Salvador de Bahía para buscar las raíces de
la música afrocubana; allí encuentra a Carlinhos Brown y conoce los proyectos
sociales que éste desarrolla en la favela de Candela. Lejos del estereotipo que
asocia favela con violencia y drogas, Candeal vive la música gracias a la
escuela Pracatum e iniciativas como Timbalada, que involucran a los adolescentes
y los jóvenes en el mundo de la música. Sus habitantes siguen siendo pobres
desde el punto de vista económico, pero enormemente ricos desde el punto de
vista humano.
Motivar
e integrar.- El actor
Cuba Gooding y la cantante Vellones Knowles protagonizaron el musical The
fighting temptations (2003), un ejemplo de cómo la música puede contribuir
a lograr un objetivo común y de cómo es posible combinar distintas
preferencias musicales para integrar diferentes sensibilidades en el seno de una
pequeña comunidad. Un alto ejecutivo de Nueva York regresa a Georgia con el único
propósito de cobrar la herencia de su tía. Sin embargo, antes deberá cumplir
su última voluntad: crear un coro de gospel en una comunidad con poca
sensibilidad musical. El ritmo le cambiará a él y a unos cuantos vecinos.
Música
y represión.- Los
chicos del coro (2004) fue un éxito del director Christophe Barratier.
Ambientada en un correccional durante la dura posguerra francesa, un músico
fracasado en paro encuentra trabajo como vigilante en ese centro. Allí deberá
lidiar con un grupo de alumnos difíciles, con una rebeldía fruto de los métodos
represivos de un director autoritario y frustrado. La música permitirá al
vigilante ganarse el aprecio de los alumnos y logrará entusiasmarlos para
ensayar una y otra vez, aunque sólo sea para evadirse de aquel lugar durante
unos momentos.
Patologías asociadas.- Una rara lesión en la amígdala cerebral impide que el cerebro sienta ninguna emoción asociada a la música, a pesar de que el paciente es perfectamente capaz de percibir dicha música. La hiperacusia (sensibilidad excesiva al ruido) es una alteración poco frecuente asociada con ansiedad y miedo: provoca alteraciones psiquiátricas a muchas de las personas que la padecen. Algunos ritmos musicales pueden desencadenar una crisis epiléptica en pacientes predispuestos que padecen epilepsia musicogénica. Por el contrario, se describió el caso de un paciente con convulsiones epilépticas que lograba reducir la frecuencia de estas cuando escuchaba a Mozart. Y una última curiosidad: muchos estudios sobre la conducta utilizan estudios con escáner cerebral. El escáner lo inventó sir Godfrey Hounsfield en 1972, después de pasarse varios años investigando en un laboratorio de la discográfica EMI, que se financiaba con parte del dineral que esa compañía ingresó con los éxitos de los Beatles, ídolos musicales de muchos adolescentes.