Terminaba el verano y dos amigos animaron al jovencísimo Martí a participar como guitarrista en un conjunto de música que iban a crear. Tras ensayar unos meses con la guitarra clásica que tocaba desde los seis años, cuando se acercaba su cumpleaños pidió a sus padres una guitarra eléctrica con un amplificador potente. Un mes después, Jordi, Arnau, Pol y Martí dieron su primer concierto público en la carpa de su pueblo, con versiones de las bandas que no se cansan de escuchar una y otra vez. A los adolescentes les encanta la música. La tocan, pero sobre todo la escuchan, la bailan, hablan de ella, se intercambian títulos, conocen a los intérpretes y se identifican con ellos y con lo que representan. Incluso se califican los unos a los otros según sus preferencias musicales, hasta el punto de que los conjuntos que el otro escucha es algo que se tiene en cuenta antes de quedar con esa persona. Dicen que los adolescentes británicos pasan un promedio de dos horas y media al día escuchando música. Sin duda, la adolescencia es la época de la vida en la que la persona es más fanática de la música. En la era digital, casi todos los adolescentes tienen un reproductor de música propio o teléfono móvil con capacidad para almacenar música; además, la mayoría comparte archivos en formato mp3 que baja de Internet de forma gratuita o a un precio muy bajo. El acceso a la música es sencillo y económico, lo que va muy a favor de este afán: un 94% de los adolescentes se describen como “muy interesados” o “bastante interesados” en la música, en relación con otras actividades de ocio, incluido el deporte. Además, la magnitud de esta preferencia es similar en ambos sexos. Algo que sí es distinto entre chicos y chicas es por qué escuchan música. Al parecer, ellas tienden a escuchar música como una manera de regular el humor, mientras que los chicos lo hacen como una manera de producir una impresión determinada a los demás.

                La música, como cualquier estímulo externo, desencadena respuestas cerebrales que pueden llegar a ser intensas o euforizantes; a veces, la sensación de una pieza musical se describe como “un escalofrío en la espalda” y se repite cada vez que se escucha. En el año 2001, Anne Blood y Robert Zatorre, del Instituto Neurológico de Montreal, publicaron un estudio que demostraba la coincidencia entre las áreas cerebrales involucradas en dicha respuesta y las áreas que también regulan la respuesta a otros estímulos euforizantes como la comida, las relaciones sexuales o algunas drogas: la música se relaciona con los estímulos biológicamente relevantes y vinculados con la supervivencia a través de los circuitos de recompensa y placer. Por tanto, no nos debe sorprender que todos, no sólo los adolescentes, utilicemos la música por sus efectos beneficiosos sobre las emociones. Suvi Saarikallio y Jaako Erkkilä, de la universidad finlandesa de Jiväskylä, definieron distintas maneras de utilizar la influencia de la música sobre el humor: entretenimiento y compañía, como revitalizador matutino y calmante nocturno, para despertar sensaciones fuertes, como distracción de pensamientos desagradables o contrarrestar emociones negativas, para estimular el trabajo mental, explorar el pasado o recordar y para compartir. Los gustos musicales aportan mucha información acerca del individuo. Al conocerse, dos personas entablan una conversación y, durante esta etapa inicial, hay que disponer de un sistema eficaz y rápido para recoger toda la información posible. Sobre todo, entre los adolescentes, las preferencias musicales son mucho más reveladoras de la personalidad de cada uno de los libros que lee, el vestuario que utiliza, el tipo de comida que le gusta o las películas que uno ha visto. Un estudio llevado a cabo con estudiantes de primer curso en la Universidad de Texas siguió durante seis semanas a nuevas parejas de amigos que se comunicaban por Internet. La música fue el tema de conversación más frecuente (58%), por delante del cine y del fútbol (41%). Además, se constató que adolescentes y jóvenes hablan deliberadamente sobre música para obtener información sobre el nuevo amigo.

                El Centro de Investigación sobre el Desarrollo de los Adolescentes de la Universidad de Utrech (Holanda), se ha dedicado a estudiar el papel de las preferencias musicales en la formación de las amistades. Un grupo de psicólogos observó a 283 adolescentes de entre 12 y 14 años, y concluyó que coincidir en las preferencias musicales es un elemento esencial para forjar una amistad, especialmente entre aquellos a quienes les gusta el rock (rock ´n´ roll, punk, gótico y heavy metal), el estilo elite (clásica, jazz y gospel) y el urbano (rap, hip-hop, R&R y reggae). Por el contrario, entre los seguidores del pop y dance, la música no parece tener tanta importancia.

                Peter Rentfrow y Samuel Gosling, del departamento de Psicología de la Universidad de Texas, obtuvieron datos de 3.500 norteamericanos, determinaron las preferencias musicales y cómo se asocian a los cinco grandes factores de la personalidad. Así, por ejemplo, el gusto por el rock o el jazz se relaciona con estar abierto a experimentar, el gusto por al música pop y el country se asocia a extroversión, complacencia y concienciación. A partir de estos conocimientos, investigadores de la Escuela de Psicología de la Universidad de Keele (Reino Unido), demostraron de manera empírica cómo es posible valerse de la música para lograr precisamente el efecto contrario: reducir la discriminación dentro del grupo o aumentar el acercamiento entre pandillas rivales.

                Se ha escrito mucho sobre los efectos beneficiosos de la música. La música enriquece la vida del adolescente tanto de manera inmediata como a largo plazo: estimula la creatividad, favorece la expresión de sí mismo, contribuye a transmitir valores culturales y mejora el desarrollo físico, intelectual y social. Sin embargo, además de escuchar música es posible hacerla. Aprender a tocar un instrumento y formar parte de un conjunto o de un coro promueve la autodisciplina, el trabajo en grupo y las habilidades sociales. En 1996, psicólogos de la Universidad de Carolina del Norte siguieron a 392 adolescentes entre los cursos equivalentes a ESO y bachillerato.  Observaron que la tasa de abandono escolar entre estudiantes de riesgo era claramente inferior en alumnos que anteriormente habían participado en actividades extraescolares de música, en comparación con quienes no habían participado. Pero el simple hecho de escuchar música tiene efectos positivos sobre el grado de alerta. Durante bastantes años se ha mantenido un debate científico sobre el que se ha conocido como el efecto Mozart: los participantes de un estudio que escuchaban una grabación con una sonata de este músico respondían mejor un test de habilidades espaciales que los que no la escuchaban. Después de realizar estudios similares con otros ritmos, se concluyó que, en realidad, sólo el hecho de escuchar música ya estimula la mente infantil y adolescente. Por otro lado, y aprovechando el gusto de los adolescentes por la música, hay estudios que demuestran el efecto beneficioso de escuchar música o utilizar canciones y letras de canciones para motivar a adolescentes con problemas de conducta. Quizás la música sea una opción mejor para tratar a los niños inquietos que la solución simple y poco acertada, aunque muy de moda, de utilizar medicamentos.

                El otro lado de la balanza son los efectos nocivos de la música, especialmente entre los adolescentes, por el hecho de encontrarse en una etapa de formación. Habría que citar dos cuestiones distintas: los problemas de audición y los efectos nocivos de alguna música sobre la conducta. Con la popularización de los reproductores de mp3, la exposición a niveles de sonido elevados ha aumentado de manera espectacular. Además, a diferencia de la música analógica, la tecnología digital permite alcanzar un volumen alto sin distorsionar el sonido y muchos adolescentes escucha música con los auriculares a todo volumen, lo que acarrea un riesgo real de pérdida progresiva de la audición. Lo malo es que a pesar de ser un hecho conocido por los adolescentes, algunos estudios demuestran que desafían este riesgo porque no creen que ellos sean especialmente vulnerables (aunque sí consideran que sus compañeros lo son). Por otro lado, una parte de los estudios de este campo tratan de determinar la relación de algún tipo de música con conductas violentas o de riesgo. Se ha observado una asociación entre los adolescentes involucrados en actividades de riesgo (entiéndase, por ejemplo, el consumo de alcohol o conducción temeraria) que dicen buscar emociones fuertes y escuchar hard rock y heavy metal para experimentar sensaciones intensas.

                En la Escuela de Investigación en Comunicación en Leuven (Bélgica), se llevó a cabo una encuesta a 2.194 adolescentes sobre la percepción del riesgo de conducir rápido y consumir alcohol. Quienes veían más noticias tendían a percibir un riesgo mayor que los participantes que veían más vídeos musicales, de modo que quienes veían vídeos corrían más y bebían alcohol. Además, el contenido de las letras y algunos ritmos también se han asociado con conductas violentas o marginales. Sin embargo, hay que tener en cuenta que en este tipo de conducta influyen muchas variables y que, por ejemplo, en España, no siempre se entiende el contenido de las letras.

                En definitiva, la música forma parte de la vida de los adolescentes, los efectos beneficiosos sobre el desarrollo de su personalidad son inmensos. Vale la pena potenciar la gran accesibilidad a los reproductores de música digital, sin olvidarse de cultivar el gusto por la música en directo, para desarrollar el sentido estético del adolescente, ejercitar el sentido del oído y potenciar el proceso de exploración del mundo musical hasta descubrir los ritmos y las letras que constituirán la banda sonora de su vida.

CURIOSIDADES –

El mosquito Beethoven.- Con la edad varía la gama de sonidos que somos capaces de oír. Los jóvenes pueden percibir zumbidos con una frecuencia de hasta 20 kHz, mientras que a partir de los 30 años, la frecuencia perceptible llega sólo hasta los 10 ó 12 kHz. Esta diferencia fisiológica se está utilizando en algunos barrios de Francia, Bélgica y Holanda para ahuyentar a los jóvenes y evitar que se reúnan en esquinas. Un altavoz llamado Mosquito o Beethoven emite un zumbido de alta frecuencia que resulta molesto para los jóvenes, pero que los adultos ni perciben. Otra cuestión es si es ético...

Música en las favelas.- Fernando Trueba ganó un Goya al mejor documental por “El milagro de Candeal. Bebo Valdés visita Salvador de Bahía para buscar las raíces de la música afrocubana; allí encuentra a Carlinhos Brown y conoce los proyectos sociales que éste desarrolla en la favela de Candela. Lejos del estereotipo que asocia favela con violencia y drogas, Candeal vive la música gracias a la escuela Pracatum e iniciativas como Timbalada, que involucran a los adolescentes y los jóvenes en el mundo de la música. Sus habitantes siguen siendo pobres desde el punto de vista económico, pero enormemente ricos desde el punto de vista humano.

Motivar e integrar.- El actor Cuba Gooding y la cantante Vellones Knowles protagonizaron el musical The fighting temptations (2003), un ejemplo de cómo la música puede contribuir a lograr un objetivo común y de cómo es posible combinar distintas preferencias musicales para integrar diferentes sensibilidades en el seno de una pequeña comunidad. Un alto ejecutivo de Nueva York regresa a Georgia con el único propósito de cobrar la herencia de su tía. Sin embargo, antes deberá cumplir su última voluntad: crear un coro de gospel en una comunidad con poca sensibilidad musical. El ritmo le cambiará a él y a unos cuantos vecinos.

Música y represión.- Los chicos del coro (2004) fue un éxito del director Christophe Barratier. Ambientada en un correccional durante la dura posguerra francesa, un músico fracasado en paro encuentra trabajo como vigilante en ese centro. Allí deberá lidiar con un grupo de alumnos difíciles, con una rebeldía fruto de los métodos represivos de un director autoritario y frustrado. La música permitirá al vigilante ganarse el aprecio de los alumnos y logrará entusiasmarlos para ensayar una y otra vez, aunque sólo sea para evadirse de aquel lugar durante unos momentos.

Patologías asociadas.- Una rara lesión en la amígdala cerebral impide que el cerebro sienta ninguna emoción asociada a la música, a pesar de que el paciente es perfectamente capaz de percibir dicha música. La hiperacusia (sensibilidad excesiva al ruido) es una alteración poco frecuente asociada con ansiedad y miedo: provoca alteraciones psiquiátricas a muchas de las personas que la padecen. Algunos ritmos musicales pueden desencadenar una crisis epiléptica en pacientes predispuestos que padecen epilepsia musicogénica. Por el contrario, se describió el caso de un paciente con convulsiones epilépticas que lograba reducir la frecuencia de estas cuando escuchaba a Mozart. Y una última curiosidad: muchos estudios sobre la conducta utilizan estudios con escáner cerebral. El escáner lo inventó sir Godfrey Hounsfield en 1972, después de pasarse varios años investigando en un laboratorio de la discográfica EMI, que se financiaba con parte del dineral que esa compañía ingresó con los éxitos de los Beatles, ídolos musicales de muchos adolescentes.