
Poco después de romper su relación con el barcelonés J.M.T., el entonces desconocido John Travolta se lanzaba al estrellato encarnando a Tony Manero, un horterilla de barrio que nos enseñó a disfrutar de la Fiebre del Sábado Noche. El entonces esquelético actor, corista en los musicales de Broadway y con algún que otro papel secundario en televisión y cine (entre ellos, Carrie), se enfundó en un ajustadísimo terno blanco y, levantando el brazo, abriendo las piernas y moviendo las caderas dio las primeras lecciones del nuevo concepto de lo que era la cultura disco. La música la ponían los Bee Gees, la luz descontrolaba los sentidos ya alterados por unas bolas de espejitos y la locura se desataba en los rincones donde imperaba el ritmo sobre cualquier otra seducción. La nueva oferta tuvo su punto de salida en manos del empresario Steve Rubel, que convirtió un teatro de Nueva York en el mítico Studio 54. La pátina intelectual de Andy Warhol y su troupe de The Factory pusieron la guinda a la oferta. El 54 fue la catedral, pero el mundo disco tuvo su templo, también la Gran Manzana. Fue Limelight, una iglesia en la calle 21 que sigue funcionando.
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| Cartel de la película "Fiebre del Sábado Noche" |
Barcelona tuvo también un Studio 54, en lo que fue Teatro Español, de la mano de Michael Hewitt, que hoy regenta pizzerías. Y una oferta eclesiástica, Batikano, a cuyo frente había un sacerdote, el hoy estupendo actor Carlos Flaviá. Nunca pensó en dedicarse a ello, pero la comisión que le regaló un amigo a quien pronosticó el acierto de una quiniela, le facilitó unos 20 millones de pesetas con los que abrió la sala. La cosa duró menos que un pastel en la puerta de un colegio dadas las sanciones, prohibiciones y demás "facilidades" de la autoridad competente siempre ávida de controlar y velar por la salud y la moral del contribuyente. De la rauxa de Álex Bruguera nació Studio Ono en la calle del Pi, en cuyo mínimo espacio ofreció la más tentadora y exquisita de las ofertas lúdicas. Por las mismas razones que en Batikano, su vida fue intensa, pero demasiado corta. Más suerte tuvo Joan Guals en el desaparecido e inolvidable Distrito Distinto, en la confluencia de Meridiana con Aragó, que fue la primera disco Up & Down antes de que esta aglutinara a los Up de la ciudad. Una grey que había quedado huérfana tras el cierre de Bocaccio, que fue santo, seña y guía de la noche barcelonesa a partir de patrones intelectuales y otras profesiones liberales. Y tan esnobs que cuando se encerraron en Montserrat en diciembre de 1970 para protestar por el proceso de Burgos que condenaba a seis presos vascos, el catering se lo preparó Oriol Regás, el gran cerebro de Bocaccio, que a partir de otro de sus negocios, el restaurante Via Veneto, les envió pepitos de solomillo, champán, caviar y otras delicias, un menú que jamás llegó a su destino. Regás fue muy hábil, porque reunió para Bocaccio a unos 70 accionistas, intelectuales en su mayor parte que formaron la gauche divine y fueron inversores, primeros clientes y reclamo para la sala. En su pecado llevaron su penitencia, porque se bebieron en pocos meses la inversión y beneficios.
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| Un lugar mítico: Studio 54 | Iglesia Limelight (Nueva York) | Francis Grasso en los años 70 |
Algunas de las discotecas de entonces se perdieron en los tiempos, caso de Psicosis, Regine´s, Planeta 2001, No, Pierrot, Le Consulat... Otras cambiaron de nombre hasta la saciedad; entre ellas batió récords la llamada iniciáticamente Key Club, y luego Charlie Max, Ribelino´s (hoy día en manos de las gentes de Sutton e instalada en lo que fue Tati), No se lo Digas a Mamá, Renée Brunner, Music Box, St. Tropez y alguno más. Camelot es hoy Salvation y está dedicada al mundo gay; Zeleste y sus conciertos saltaron de la calle Argenteria al Razzmatazz en el Poblenou, y Bikini con los suyos saltó a Diagonal, 547. Y el Baja Beach Club es hoy Opium, como el que fue Astoria Club. Otto Zutz cumplió 22 años y sigue siendo mezcla internacional, interracial e intelectual. Tuvo sede en Sitges hasta que se convirtió en Sweet Pachá. Hoy dirige Otto el eterno Puchi, pero siempre encontrarán a Alberto Cabezas, adjunto a dirección, de contagiosa simpatía y la atención de Santi Alaya. Hay nuevos espacios y un más que exclusivo privado.
Trauma, que celebró sus 30 años, cuenta hoy con la dirección de Víctor Llorens, hijo del mítico Don Chufo, cuya boîte era de obligada visita por parte de la jet catalana. Llorens ha actualizado la oferta técnica y humana. Con todo, flota el recuerdo de los shows de Fernando Rodríguez Madero y el rodaje de la película Nunca en horas de clase, el filme al estilo Travolta que dirigió José Antonio de la Loma y protagonizaron Reyes Poveda y una jovencísima Nuria Mora, hoy una impecable diseñadora. En Sutton encontramos a Mateo Fortuny asistido por uno de sus hijos, Kevin, al frente de un espacio limpio y diáfano trufado de los cachorros de la jet que esperan su turno para entrar con inusitada educación. Gastan en champán y combinados elegantes mientras bailan en la terraza de Möet, la más pija de la ciudad.